All I’ve Got to Do

Ella también se dió vuelta y se durmió inmediatamente. Nos quedamos en la misma posición por un espacio de tres horas. Inmóviles.  Cercanos, tan distantes.

Escuché cuando se levantó y fue hacia la cocina. Escuche los mismos sonidos de todos los días. Una taza, la cucharita revolviendo el café, ese disco de Los Estelares que sonaba cada sábado.

Me levanté yo también, imitando sus pasos. Llegué a la cocina y la saludé con un beso. Tomé una taza y lentamente fui agregando de a una las cucharadas de café, tratando de dilatar el momento de compartir el desayuno. Sabía que ya no quedaba nada. Dudaba si alguna vez había habido algo.

Sentados en la mesa, la voz  Moretti nos ayudaba a evitar el diálogo.

A veces pienso que ella también presentía el final, que ella no era feliz. Que la vida que llevábamos, sin sobresaltos, una vida de bautizmos y casamientos, una vida con diálogos monosilábicos, esta vida no era la que ella había soñado seis años atrás.

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